¿Cuántas veces dudaste de salir a entrenar o quedarte en casa? ¿Cuántas veces dijiste hoy no me levanto temprano a entrenar total lo compenso a la tarde y nunca saliste porque surgió alguna complicación? ¿Cuántas veces dejamos de entrenar por hacer cosas más importantes como quedarnos en la cama 10 minutos o por quedarnos viendo tele en un sillón o por el frio del invierno?
Hay una verdad que todos los que entrenan conocen y que todos los que alguna vez rompieron esa barrera saben disfrutar. Y es la increíble sensación que se tiene cuando uno está debajo de la ducha después de entrenamiento. Algunas veces esa ducha caliente te hierve los dedos congelados de las manos y de los pies y te calienta la cabeza que ha estado expuesta al frío. Ese baño te hace acordar que minutos antes la pasaste mal, sufriste el frío, pero a la vez te hace agradecer el haber salido pese a todo...
Y te hace pensar: ¡qué bueno que salí, que bueno que esta vez pude vencer y entrene! ¡Qué MAL la pasé pero que bien me hace saber que ya está, ya pasó, ya pasó pero lo hice, cumplí, pude con mi debilidad, hoy gané, hoy gané yo. Ya pasó el dolor, ya pasaron los kilómetros, los vientos, y hasta ya terminaron las pasadas!
La realidad es que el dolor pasa, el frío también.
Los entrenamientos se terminan, se cumplen, se logran. Los entrenamientos pasan y la satisfacción queda.
Y la sensación exquisita del deber cumplido se hace hábito y da cada vez más fuerza...
El esfuerzo siempre tiene su recompensa, y esa es la ducha interior que alimenta el alma y te da fuerzas para otra vez levantarte y salir a entrenar...
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